La crisis social en los barrios más postergados de La Matanza está llegando a un punto crítico. En la localidad de Virrey del Pino, los comedores y merenderos que funcionan como la última red de contención frente al hambre enfrentan un desborde inédito: en apenas dos años, la cantidad de personas que acuden por un plato de comida se cuadruplicó.

Olga Parraz, responsable de una red de asistencia que incluye los espacios Piecitos Mojados (km 36), Alas de Libertad (km 34), Vecinitos (km 35) y el Club La Esperanza (km 38), describió un panorama desolador. “Dos años atrás teníamos a 90 o cien familias, pero hoy asistimos a casi 400”, reveló la referente a medios locales, subrayando que la situación es “muy triste” debido a la cantidad de personas que se suman diariamente.

El nuevo perfil de la vulnerabilidad

La falta de sustento ya no afecta únicamente a quienes están fuera del sistema laboral. Según relatan los trabajadores sociales, al grupo de desocupados se ha sumado un nuevo actor: el trabajador con ingresos de miseria. “Viene gente que trabaja y gana muy poco. Todos vienen a buscar la comida para sus familias”, explicó Parraz.

Esta realidad ha transformado la dieta de los niños en la zona. La referente lamentó que productos esenciales para el crecimiento, como el yogur y la fruta, hayan desaparecido de la mesa de los más chicos. “Para ellos ya no existe. Nosotros les damos leche para tratar de nutrirlos, pero es muy triste que no puedan alimentarse como corresponde”, señaló.

Contraste en la gestión de recursos

La supervivencia de estos centros de ayuda hoy depende de un delicado equilibrio de fuerzas políticas y donaciones privadas. Parraz destacó el rol de la Secretaría de Desarrollo Social municipal, asegurando que actualmente están realizando “un trabajo bárbaro” con la entrega de mercadería.

El contraste surge al analizar la relación con el Ejecutivo nacional. La referente denunció un abandono total por parte del Ministerio de Capital Humano:

  • Corte de suministros: “Desde Nación no recibimos absolutamente nada: se cortó todo”.
  • Denuncias por acopio: Parraz expresó su “indignación” ante las noticias de galpones con comida vencida, mientras en los barrios la gente retira fideos y harina “con desesperación”.
  • Auditorías: Criticó la falta de sensibilidad oficial tras las inspecciones que no se tradujeron en mejoras en la distribución.

Un escenario de incertidumbre

La tarea de los referentes no conoce de descansos; trabajan de lunes a lunes, incluyendo feriados y fiestas. Sin embargo, el esfuerzo humano parece no ser suficiente ante el deterioro del salario real y la inflación.

“Si esto sigue así, va a explotar en cualquier momento”, advirtió Parraz con preocupación. Para la dirigente barrial, el trabajador se siente hoy “indigno y desvalorizado” al tener que aceptar remuneraciones ínfimas por falta de alternativas. “No tenemos quien nos defienda”, concluyó con crudeza.